
Las perreras están llenas. Me llega hoy un correo de que dos nobles perros han sido sacrificados y que queda uno en capilla que no parece que tenga demasiadas posibilidades. Y da mucha pena su mirada, esos ojos tiernos de ser vivo que sufre sin tener culpa ninguna, porque ¿cuál es su culpa? Haber nacido chiquitín y gracioso, como un peluche, haber enamorado a alguien que pasaba por delante de un escaparate y haber llegado a una casa donde él ha puesto toda esa capacidad de amar que tiene un perro. Su culpa es haberse sentido un miembro más de “la manada”, el último, porque él sabe que depende de los otros y que su lugar está después, pero su culpa es que ha crecido, que necesita salir cada día y que, ¡ay!, cada día es menos novedad y hace menos gracia. Y lo fácil es deshacerse de él, que luego vienen las vacaciones y salir con un perro sigue siendo, en este país, una cosa engorrosa. Así se abandona en cualquier parte o, tranquilizando la conciencia, se lleva a una perrera donde seguro que va a haber bofetadas por recogerlo. ¡Sería para reír si no diese tanta pena! Aún hay muchas perreras donde se sacrifica y otras en las que los animales viven en condiciones desastrosas hasta que llega su final.
Hace unos días vi unos peluches realmente bien hechos que imitaban perros y gatos, me acerque y ¡respiraban! Sí, sí, con una pila lograbas tener un animal al que no hay que alimentar, sacar a la calle, bañar ¡y que respira! Vale que no viene a esperarte cuando llegas, que no te llena de caricias cuando estás triste y que no comparte ese meneo de cola que no se paga con nada, pero al menos, si te cansas de él, no causas más daño que el de tirar un puñado de pelos a la basura y una pila en el contenedor. Creo que vale la pena eso y no añadir unos ojos tristes entre rejas a una lista interminable.
Hace unos días vi unos peluches realmente bien hechos que imitaban perros y gatos, me acerque y ¡respiraban! Sí, sí, con una pila lograbas tener un animal al que no hay que alimentar, sacar a la calle, bañar ¡y que respira! Vale que no viene a esperarte cuando llegas, que no te llena de caricias cuando estás triste y que no comparte ese meneo de cola que no se paga con nada, pero al menos, si te cansas de él, no causas más daño que el de tirar un puñado de pelos a la basura y una pila en el contenedor. Creo que vale la pena eso y no añadir unos ojos tristes entre rejas a una lista interminable.
