Hoy no me río. Me siento en mi sofá, pero no me río. No me río porque creo en la vida, porque me gusta vivir, porque creo que la vida es el gran derecho que tenemos los hombres, quizás el único que nadie en el mundo puede quitarnos.
No me río porque estoy cansado de oír que la muerte es un derecho, que matar a un desvalido, a un ser nonato... es un derecho que tenemos mientras que él, tratado como cosa, no tiene ninguno. No me río porque creo en los derechos de esa persona que, desde el mismo momento de su concepción, es un ser humano, pero que no es considerado como tal.
No me río porque estoy harto de escuchar que hay una “muerte digna” y una que, por lo visto, no lo es y que nos podemos erigir en jueces y verdugos y decidir si una persona molesta tanto que lo mejor es dejarla morir de sed y hambre y todo esto porque somos compasivos y nos repugna el probable sufrimiento. Matar es un instante; cuidar es derramar amor durante mucho tiempo.
No me río porque no hemos aprendido nada, porque disfrutamos abriendo las heridas y hurgando en ellas hasta que lo que había cicatrizado vuelve a sangrar y se contagia y duele.
Me tachan de anticuado
No me río porque si creo en el derecho del que aún no ha nacido, del enfermo, del anciano olvidado, se me tacha de persona anticuada, que vive en un mundo aparte y hasta se me puede llamar cruel.
Escribo enfadado y los enfadados no se ríen. Hoy me avergüenzo de muchas cosas, de mucha gente, de mi misma impotencia.
Cuando me sienta mejor pensaré en ti con tristeza, pero sin rabia. ¡Hasta siempre, Eluana!
Màxim Rosés
domingo, 22 de febrero de 2009
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